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 9.8.15  Mi traducción del poema 'SOMEWHERE I HAVE NEVER TRAVELLED' de E. E. Cummings

Por lugares en donde nunca estuve, ausente el goce
o la experiencia, los ojos fulguran el silencio:
hasta el detalle más delicado me atrapa
pese a que, de tan íntimo, no pueda tocarlo

una ligera mirada que logra fácil abrirme
aunque, con los dedos, ya me hubiese cerrado,
y lo hace pétalo a pétalo como la primavera
(diestra y enigmática) abre la primera rosa

ya que si su deseo fuera cerrarme, ambos,
mi vida y yo, lo haríamos con dulzura, al instante,
como cuando el corazón de una flor imagina
que la nieve cae con esmero a su alrededor;
para que nada de lo que así perciba del mundo
iguale a tan poderosa e intensa fragilidad:
entrelazado aún más al rubor de mi origen,
y acercándome, en cada aliento, a la muerte

(ya que no sé en qué consiste ese cerrarse
y abrirse; y sólo alcanzo a comprender
que lo que dicen sus ojos es más profundo que cualquier rosa)
porque nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas.

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 16.7.14  'LOS HEMISFERIOS' de Mario Cuenca Sandoval



   Es fascinante seguir el discurso narrativo en esta obra. A ratos, tienes la sensación de estar leyendo unas páginas de Rayuela, en las que el Cortázar más digresivo te va relatando las personales vicisitudes de Oliveira y la Maga; pero también, en otros momentos, en esta bella, diáfana y precisa prosa uno puede ver al mejor Muñoz Molina, aquel de narraciones mitad memorísticas, mitad policiales. Y todo esto ya ocurre desde su inicio, cuando la ficción se deja seducir por la trama argumental de Vértigo; luego, cuando quiebre en su vórtice, y se vuelva tan reverberaramente ordetiana, será cuando nos procure ese shock anafiláctico que nos dejará convulsionando aún largas horas después de concluida. Tal es el cocktail brutal que nos sirve el autor.
   Pero sería injusto tratar a Mario Cuenca Sandoval como una mera -aunque acertada- síntesis de estos dos grandes autores; él alcanza a ir mucho más allá del talentoso epígono y logra, por méritos propios, desarrollar su voz; su estilo. De ahí que, con Los hemisferios, se corrobore lo que ya apuntaban sus anteriores trabajos: no sólo el excepcional talento para la escritura narrativa con el que está dotado sino, también, y en igual o magnífica ascensión, la gran personalidad que, en su precoz madurez, ha ido alcanzando.
   Porque, nada más comenzar la lectura, el lenguaje impone su equilibrio. Y, al mecánico acto de leer hay que ponerle, al instante, freno. Interiormente es otra medida -más reglada, más mesurada-, la que te exige su engranaje de sintagmas; su arquitectura de oraciones digresivas. No sólo se fija esta prosa en el texto como pura comunicación -en su praxis impoluta-, sino que amplifica y enriquece el mensaje; la atmósfera del relato. Percutiéndote el oído interno con las posibilidades ilimitadas de su combinatoria, con su balanceo musical (tan poético); o con el funcional uso que se le da a la puntuación para clavar la métrica deseada. Un estilo que se conjuga en un sólo tiempo y un mismo espacio; que fusiona sintaxis y prosodia; y le marca esos ritmos profundos, esas cadencias internas tan bellas.
   Luego vendrán los personajes... crudos, densos, extraños. Gabriel, Carmen, Hubert, María Levi... Su naturaleza. Su delirio. La importancia de su tratamiento. (La imposibilidad de agotarlos). Y pronto copan el interés de la narración. Formulándose entonces el drama, las interrelaciones... en una fértil comunión de inteligencia y sensibilidad. En donde los problemas se plantean y determinan conductas; dejando a la ficción respirar en ese gran combate -de espejos, de referencias cruzadas, de vasos comunicantes- que libra consigo misma... y con nosotros, sus lectores: partícipes obligados de ella para completarla, para asirla en su plenitud.
   Nos encontramos ante una obra que, en sus dos magnitudes, tiende a desarrollarse -grasa y profusamente- hacia el infinito; en la que el tiempo es un elemento poroso, maleable, y llega, por así decirlo a desdoblarse; lo que conduce a su vez a un desdoblamiento de los personajes en la dualidad que suponen ambas mitades hemisféricas; y todo ello se nos presenta como un juego literario abierto que lo dejara entrar todo -porque todo lo admite- en su trama, en su arquitectura, pero que, a voluntad del narrador -y según su necesidad-, en un momento dado se termina... aunque nos deje con la impresión de que podría haber continuado. De ahí su flexibilidad, su elasticidad. Es, por tanto, una doble novela sin límite preciso. Una obra que reclama para sí los grandes espacios... ya sean éstos temáticos o de escritura.
   Una narración rasgada que exprime al límite sus opciones; en donde todo es posible y todo es, por igual, incierto; en donde las cosas pueden ser o no; y se nos revelan con una tremenda fuerza narrativa; haciéndonos gestos -o guiños- en su alambicada estructura ficcional; pidiéndonos que vayamos a su encuentro, que aceptemos su engranaje maravilloso. Se nos propone una suerte de arte combinatoria que conjuga -y acepta- cualquier postulado, cualquier teoría; y, con ello, la mentira nunca parece fantástica... sino una de las posibilidades de la verdad; o cómo la imaginación es, en este registro, una de las formas en que lo real puede establecerse. Porque, en Los hemisferios, la irrupción de un elemento en la trama incide en los otros sin que podamos conocer con exactitud en qué instante se produjo esa transformación total del relato, ese fenómeno inexplicable del suceso. Y todo esto no es una forma de engaño o huida, un burdo escapismo, sino que es una invitación a sumergirse aún más intensamente en la historia.
   Difícil apreciar toda la riqueza de esta obra en un primer encuentro; aprehender todos los niveles interpretativos que propone. Por ello procede, tal vez, una recomendación: hay que dejarse arrastrar por ella... por su pulso, por su aliento; que sus aparentes imperfecciones... sus cabos sueltos, sus anacronismos (quién sabe si son tales o, como pronto se sospecha, intencionados) no fracturen ese placer in albis que propone su enfebrecida lectura. Porque esa aparente linealidad de la primera parte -La novela de Gabriel- no es tal; y en la segunda -La novela de María Levi-... la bruma onírica de la voz narradora se impone con toda su fuerza. Magnífica, sin embargo, en ambas tesituras; en los distintos planos narrativos en los que se mueve.
   En fin. Hagan una cuenta atrás. Contabilicen los días que les falten aún hasta que puedan tener entre sus manos esta novela. Porque, independientemente de lo que ya hayan leído este año, y lo que todavía les falte por leer, desengáñense, y no se lleven a equívocos... no hay nada más sobresaliente; no leerán nada mejor a Los hemisferios. Es tan poderosa su voz narrativa; su autor, Mario Cuenca Sandoval, tiene un talento literario tan musculado; que, una vez que te sumerges en ella... todo lo demás carece de importancia.

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 31.12.13  Mi traducción del poema 'BEREFT' de Robert Frost

¿Dónde escuché antes este viento
Volverse tan profundamente ronco?
¿Por qué debería quedarme ahí,
Manteniendo intranquilo entornada la puerta,
Mirando a los pies del cerro el espumoso margen del río?
El verano quedó atrás y la jornada concluye.
Nubes sombrías se congregan en el oeste.
Sobre el combado suelo del porche,
Las hojas se alzan en un remolino y silban,
A ciegas golpean mi rodilla antes de perderse.
Algo lúgubre en su voz
Me dijo lo que en mi interior ya sabía:
Creedme; estaba solo en la habitación
En cierta forma me volví un extraño,
Creedme; estaba tan solo en la vida,
Creedme; no tenía a nadie salvo a Dios.

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 27.12.12  Humeros de piedra donde el agua goteaba

La terquedad onírica del sueño cede poco a poco. El frío de la noche, que le enflaqueció la carne espigándole los huesos, lo mantiene aún rígido y echado sobre el costado. Bajo la lona que lo cubre, flexiona las rodillas buscando el ovillo fetal; buscando el escaso calor disponible. La mano, nudosa en las articulaciones, se alarga en la oscuridad hasta tocar, junto a él, el frágil pecho del hijo. Palpa su respiración y, confortado, asiente en silencio. Poco después, se obliga a abrir los ojos y a mirar por encima de las copas de los árboles. Busca, al este, el primer haz de luz. Y piensa, entonces, en todas las noches -noches rotas en su oscuridad- que dan paso a días como éste, turbios, pesados de niebla y ceniza; días que dan poco aire a sus pulmones y a los que, como a él, les cuesta arrancar. Decidido, finalmente, estira el brazo y aparta una lona ya húmeda y ajada. Golpea el suelo con los tacones de sus botas. Trata que la sangre le riegue los músculos; que sus piernas cojan aplomo... antes de cargar con el hijo y reanudar la marcha.

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 22.12.12  Con leche del tiempo, por favor

   Odia el café caliente. Dar un primer sorbo y que el hervor la deje sin paladar. En la cafetería, pide la leche templada. Matiza la orden con una pequeña inflexión de voz... pero sin éxito. Así que son sus dedos los que miden la temperatura de la taza. Los que, concéntricos en su movimiento, agitan la cucharita de plástico.
   Él, su acompañante, ríe y bromea con lo inútil de su petición. Y más, en una cafetería como aquélla. De tránsito, como le dice, de andén de tren a punto de partida. Mejor pensar en el viaje. En Génova, que los espera.
   Pero ella, aún irritada, trata de fijar el precio de la consumición. Pagará en efectivo. No quiere que al camarero le falte cálculo para ajustar el cambio y yerre, como con la leche, a su favor.

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 14.5.11  En el áspero afán de tan pobre senil

El moho supura un suero negro que, al contacto con el aire, se seca en conchas de óvalo regular; unas pequeñas costras que se reproducen en racimos por toda la pared como lunares rugosos que señalan la filtración, el paso de la tubería erosionada, y que ahora entretienen a las agrietadas manos de la limpiadora; falanges anudadas por artríticos nudillos que se esfuerzan, se retuercen, estrujan el paño que exuda una química desinfectante que la ahoga, que la obliga a toser con gargajo y esputo. Así, con empeño, y olvidándose de su flaqueza, rasura con tesón; despudre los nidos ferruginosos que humedecen ángulos y oquedades; aja el hirsuto yeso que trató de blanquear en aquel vial angosto del sanatorio; hoy un corredor estrecho y corrompido. Tanto, como las almas de quienes nunca justificaron tal exceso de pulcritud.

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 11.5.11  Tu gana sería un músculo de paz

El ángulo que la perfila le quiebra el mentón; le cierra la mandíbula con una imaginaria hipotenusa que va del norte al suroeste, del lóbulo de la oreja al músculo maxilar, cruzándole por encima de un labio que se le desdibuja en pequeños surcos de carne agrietada -cuando no se lo humedece-, y que le suaviza, junto a la nariz de insinuadas pecas, una piel tan blanca que solamente cuando se le señala la tímida oscuridad de los cuatro lunares que le manchan la mejilla -uno de ellos apuntalándole el pómulo- le nace un leve rubor, encarnándose apenas. Más arriba, bajo el cristal de unas gafas de prisma ovoide, y en la curva de un iris degradado en miel, la pupila aún refleja el objetivo obturado en escala de grises. Es entonces cuando, estático el aire, percuta la foto -tan metálica dentro del visor, con pequeñas marcas que la rayan en cruz- y, su revelado, se hace verso -o imagen impresa en una hipotética placa de Juan Gelman- porque, ahora, su voz respira: "si conmovedoramente nos amásemos/tu gana sería un músculo de paz/".

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 8.5.11  Tan ontólogo de cerebro partido

Salivé lo tanto/pensé a lo prolijo
en los odios en que anidara la rabia/
como un pecho que cerrar a callejón/
para que el cuerpo cuerpe
tan ontólogo de cerebro partido/

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 21.4.11  Me fui por una pierna

Me fui por una pierna/un pie garganta
un cuero inclinado de baberos y bailes
un brazo cualquiera que golpió tu agua/
crédulo a la trémula en la que hube boca
tan bellísimo la lechada al puro ocupado/

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 16.4.11  Quemándome cólmeme tu sol

Quemándome cólmeme tu sol
si caigo entero a tus manos.
O ande tu boca a mi boca
y sea una la saliva aún.

Con no molestar, no tenés nombre.
Dejándome ciego, con asombro.

Para leer tu cuerpo...
El beso corre como suave final.

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 23.3.11  Todo lo que me ocupa y me es

Todo lo que me ocupa y me es,
todo lo que me degrada al subir
-tanto que lo cubro y no lo enseño-
¿da para que la muerte se explique?

Tal vez,
como aséptica asepsia al morir,
¿esquivo las incógnitas por las que cruzo
y hago hueco al espacio omnímodo?

¿Todo lo metabolizo así éticamente...
mientras quiebro en dudas que guardo?

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 19.3.11  Emano en la necesidad

Emano en la necesidad. Construyendo excusa; un fondo externo. Consecuencia: ¿para qué añadir algo? Todo libra una gran derrota. Simple suceso. Único ser que se abre. La interrogación metafísica. Vacío. Asfixia. O el instante; lo contaminado. Inercia como proceso. Deterioro. Y, aún, la obsesión del acto. Esa enfermedad.

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 11.3.11  '8,9 grados Richter'

Edificios como arpegios que hacen vibrar al aire unos dedos invisibles. Luego... una ola que todo lo abraza.

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 28.1.11  Después de haber dominado

Después de haber dominado... lo sutil acecha. La condena a una condición de paria, respira. El esclavo lábil que aún soy, me puede. En un rasgo significante. Creo la razón o la excusa. Con un pequeño universo de género. Tan fascinado en el cambio... ¿Protagonizo lo que propuse? ¿Compendio ambicioso la noción? Por necesidad. O por castigo. No alcanzo al objeto; lo declarado. Y mientras, es todo cuanto me espesa; me aflige.

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 5.11.10  Ha disolvido en su valijita lo imposible

¿Ha disolvido en su valijita lo imposible?/¿para que otros se amparen con lo que pasó?/¿o aún pesen lo que cada cuerpo?/¿dónde quedaron sus ojalases?/¿los talveces que la vergüenza deshizo?/¿Por qué lo pusieron tan cabeza arriba?/¿tan falto del pleno arrepentimiento?/¿crujida la máscara ante el trapito?/¿y aún mitad furioso de que le coman?/¡así quemen la saliva donde quepan...!/¿tantos espinazos arrepintieron corajes?/¿con esa rabia que sirvió a puños?/¿encallándosela a vientre seco?/¿cosiéndosela a la entraña?/¿para adelgazar acaso la mansedumbre?/¿la quemadura que le avanzó?/¿con el humito enorme?/¿con la infeliz harapienta...?/decime.

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 21.9.10  Yo puedo doler como el más otro

Yo puedo doler como el más otro/
como el destierro a donde irá la crujida
cuando tan rabia es el desgarro/
así que perdonamé la saliva ontóloga/
esta nada que cuerpea tanto adverso partido/
en donde aún quiero crecer de la más nunca/
en el golpío de cuerpos en el acto/
saquear la inclinada de vos a ninguna cosa
hasta que al fin me estudiés la mordida mesma/
este sollozo completo al revés de vos/sin vos/
este examen sin ningún quizás donde no hubiéramos
tanto/donde doler como el más ahora/o dolerte
como el más otro/

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 2.9.10  La muerte es el recurso

Acabada la demostración
muda la única certeza:
la muerte es el recurso.
Como interrogante estéril.
Como defecto reemprendido.
Cauteriza el llanto.
El vacío que cae exégeta,
indefinidamente y sin objeto.
Obstinándose. Impersonal.
Ante todo lo que se teme.
O aún, se es.

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 31.8.10  Reescritura de 'El esposo' de Georges Mogin -Norge-

El anillo en la discreta falange del anular. Una obligación que lo desposa a un cadáver. Ella, con el velo cubriéndole la carne corrompida. Pero, acabada la ebriedad del festejo, él descubre el engaño. Entonces, muere a su vez para arreglar el asunto.

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