Cada árbol padece un nombre. Un bautismo de nonato en sus raíces que entristece el recuerdo del señor Lucas. Por eso, cada mañana es la intención de alzar con un brazo el hacha y darle vuelo a la hoja. Talar el árbol cuya savia es la sangre del hijo muerto. Pero su mujer, otra vez preñada, se lo impide. «No, Lucas. Este hijo va a vivir. Y al árbol no han de faltarle hermanos con los que jugar.»