Jaén, 14.5.11
En el áspero afán de tan pobre senil
El moho supura un suero negro que, al contacto con el aire, se seca en conchas de óvalo regular; unas pequeñas costras que se reproducen en racimos por toda la pared como lunares rugosos que señalan la filtración, el paso de la tubería erosionada, y que ahora entretienen a las agrietadas manos de la limpiadora; falanges anudadas por artríticos nudillos que se esfuerzan, se retuercen, estrujan el paño que exuda una química desinfectante que la ahoga, que la obliga a toser con gargajo y esputo. Así, con empeño, y olvidándose de su flaqueza, rasura con tesón; despudre los nidos ferruginosos que humedecen ángulos y oquedades; aja el hirsuto yeso que trató de blanquear en aquel vial angosto del sanatorio; hoy un corredor estrecho y corrompido. Tanto, como las almas de quienes nunca justificaron tal exceso de pulcritud.