Jaén, 11.5.11
Tu gana sería un músculo de paz
El ángulo que la perfila le quiebra el mentón; le cierra la mandíbula con una imaginaria hipotenusa que va del norte al suroeste, del lóbulo de la oreja al músculo maxilar, cruzándole por encima de un labio que se le desdibuja en pequeños surcos de carne agrietada -cuando no se lo humedece-, y que le suaviza, junto a la nariz de insinuadas pecas, una piel tan blanca que solamente cuando se le señala la tímida oscuridad de los cuatro lunares que le manchan la mejilla -uno de ellos apuntalándole el pómulo- le nace un leve rubor, encarnándose apenas. Más arriba, bajo el cristal de unas gafas de prisma ovoide, y en la curva de un iris degradado en miel, la pupila aún refleja el objetivo obturado en escala de grises. Es entonces cuando, estático el aire, percuta la foto -tan metálica dentro del visor, con pequeñas marcas que la rayan en cruz- y, su revelado, se hace verso -o imagen impresa en una hipotética placa de Juan Gelman- porque, ahora, su voz respira: "si conmovedoramente nos amásemos/tu gana sería un músculo de paz/".